Quizás no estén aún listos para irse. Aún
les falta entrenarse, practicar con la espada, recoger alimentos, conocerse…
pero todos quieren empezar el viaje hacia otro lugar, un lugar sin
perseguidores o clanes rivales. ¿Existe? No están seguros. No lo saben. Sólo
han estado en su tierra natal y nunca han visitado otro lugar. No saben si
existen los monstruos de las leyendas o dónde acaba el Mundo. Da igual, ellos
quieren irse.
Carlos se acercó a Melanie.
-hermana, ¿a dónde iremos?
La chica lo miró y sonrió. Habían
trascurrido apenas unas semanas desde que los bárbaros vivían con ellos y su
hermanito ya se comportaba como uno de ellos: no le importaba tanto si iba todo
sucio, comía mucho más y había aprendido a luchar.
-iremos a un lugar donde las hadas
cantan, los lobos corren libres y sin peligro y podremos vivir entre los
árboles. Hay cascadas por todas partes, setas de muchos colores y pequeños
habitantes, muy pequeños…
-¿quieres decir los gnomos?-intervino
Lance, que escuchaba divertido lo que la muchacha explicaba.
-¡exacto! Hay gnomos y elfos, muchos
animales… ¡e incluso brujas!
Carlos se puso rojo y en seguida atacó a
su hermana.
-¡ya no tengo cinco años! No me creo nada
de lo que dices, ¡nada!
Melanie, desde el suelo, se puso a reír.
-entendido…pero aún tengo que acabar de
preparar unas bolsas con carne ahumada, así que si me hicieras el favor de
levantarte de encima mío…
-me levanto si me dices realmente dónde
iremos. Nadie lo sabe, las únicas que lo habéis hablado sois Lia y tú. ¿Es un
secreto tan importante?
De un empujón, Melanie, dejó a su hermano
tendido en su lugar.
-no es secreto, Carlos. Os lo
comunicaremos a todos hoy, antes del anochecer; así mañana partiremos.
-yo también tengo curiosidad. –volvió a
intervenir Lance. El chico estaba afilando algunas espadas, con Snow tumbado a
sus pies. ¿Serían los lobos capaces de abandonar su territorio?
-siempre eres un curioso. Eso te puede
traer problemas, no siempre es bueno-le recriminó Melanie. No hacía falta
recordar que la curiosidad hizo que se conocieran, pero que también hizo que
Lance fuera herido.
-yo no creo que sea malo. Ayúdame a
comprender por qué es malo.
-bueno…imagina que estás escapando de un
grupo de personas, y te das cuenta que una de ellas lleva siempre consigo una
bolsa, que no suelta nunca. Una noche, este sujeto del cual te estoy hablando,
se queda dormido y deja la bolsa a su lado. Tú, que te mueres de curiosidad, te
acercas para…
-yo a eso no lo llamo curiosidad, lo
llamo estupidez.
-¿Tenías que interrumpirme?-molesta por
ver que Lance tenía razón, Melanie se levantó y volvió a su trabajo. Carlos se
fue a ayudar a Kim a recolectar raíces y May empezó a cantar.
En el castillo.
El príncipe se había ocupado de que
asignaran a Martin una habitación alejada de la suya. Le iba a ayudar, sí, pero
eso no significaba que sintiera simpatía por él. Si un hombre no podía
controlar a una mujer, encima de unos diecisiete años, no podía merecerse su
aprecio y mucho menos llegaría nunca a
ser alguien. Ni siquiera los zoquetes de los guardias, los soldados y los caballeros que se habían ofrecido a
ayudarle eran realmente hombres. ¡Un hombre dominaría a una mujer! Ellos
siquiera habían sido capaces de encontrar a cuatro personas: el primo del
imbécil de Martin, la chica y sus dos hermanos. ¿Habría alguien más con ellos?
Se suponía que los soldados reales estaban capacitados para luchar contra
grandes ejércitos si uno de sus aliados lo pidiera. Pero ante el capricho de un
soltero, porque no era más que un capricho, son capaces de matar a un lobo y
acabar ellos mismos muertos. ¿Estaba su padre al corriente de eso? Seguro que
no. Su padre era un inútil incompetente, un mal rey. Él sería mucho mejor:
directamente prohibiría que las mujeres tomaran decisiones o salieran de casa,
los hombres servirían todos a su amo y nadie se quejaría. Y si lo hiciera,
sería peor para quien se atreviese.
-mi alteza ¿le gustaría tomarse una copa
de vino junto a mí y a estas lindas damas?
Anthony miró disgustado a Martin.
-no soy un borracho ni un cochino, cómo
tú. Ya te avisé que no quería que volvieras a invitar a ninguna dama sin mi
permiso antes. Que se vayan. ¡Ahora!
Martin soltó unas carcajadas y el
príncipe se apartó por el hedor.
-amigas mías, mi amigo no aprecia vuestra
compañía. Me temo que no volveremos a vernos en un tiempo…
-¡Váyanse!
Cuando las damas se hubieron ido, Anthony
le pegó un puñetazo a Martin.
-no hago esto por ti. Lo hago por mí. Me
divierte ver sufrir, así que no lo dudes: no eres nadie a quien aprecie y
también disfrutaría viéndote sufrir. No hagas nada de lo que puedas
arrepentirte. Y, sobretodo, no hagas que me arrepienta yo de ayudarte a pesar
de no querer. ¿Entendido?
La
cueva
May, de pie sobre la piedra al lado del
bosque y con todos los demás escuchándola, parecía mucho mayor de lo que era.
-ya sabéis que mañana partirnos. Todos
tenemos ganas. ¿Es así?
-¡sí!-respondieron todos a coro. Melanie
observaba sorprendida como su amiga era capaz de hablar de esa manera delante
de sus compañeros. ¡Qué fuerza! Ojalá ella también consiguiera ser tan
convincente.
-Melanie y yo lo hemos estado
discutiendo. No sabemos lo que hay más allá del pueblo, y de dónde hemos venido
nosotros no podemos volver. Así que nos queda sólo una opción: cruzar el río.
Tras el río están las montañas. No buscamos un lugar ya habitado, si no uno
para habitar. No queremos encontrar más problemas y esperamos que nuestros
hijos e hijas, si llegamos a tener, crezcan en un ambiente sano y pacífico.
Quien no quiera seguirnos, es libre de elegir. Con Melanie y conmigo a las
montañas o por su camino.
Todos se quedan en silencio. ¿Significan
las montañas la salvación? Y si en lugar de eso es una condena… ¿se lo
perdonarían?
-los que vengan con nosotras, que levanten
la mano, por favor. Los que no, mañana nos separaremos.
El primero en levantar la mano fue Kim.
Seguidamente, Lance, Alice, Martina, Carlos y, poco a poco, todos los bárbaros.
Todos irían.
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