Su madre la miraba con tristeza, casi pidiéndole
perdón por haberles hecho esto. Pero ella no tenía para nada la culpa. A su
madre le quedaban escasas horas de vida y no se quería despegar de ella. Ya
había asimilado la idea, pero seguía doliéndole verla tan frágil, tumbada en
una cama, pálida y flaca. Solo habían pasado tres meses desde que les dieron la
noticia de la enfermedad de la madre, de la cual aún no sabían la solución. Y
ya desde tres meses Melanie podía ver como su madre estaba siempre más cansada,
como cada respiro le costaba un esfuerzo y también como su padre sufría. Sus
padres llevaban catorce años casados y diecisiete como novios y nunca había
visto a nadie quererse de esa manera. Era como si uno fuera el aire que
necesita el otro para seguir viviendo. Por eso su padre era uno de los que peor
lo estaba pasando. Los hermanos mellizos, Martina y Carlos, tenían apenas dos
años y no se enteraban mucho, aunque sentían que les faltaba alguien muy
importante para ellos: su madre. Ya que su padre se pasa las 24 horas del día
sentado en el sillón carmesí al lado de su mujer, sus hermanitos y ella vivían
con la abuela Sharina y el abuelo Karim. Ellos también estaban tristes: tristes
por Kira, la mujer de su hijo y también por el último, que llevaba semanas
mostrándose ausente. Por sus nietos, que también sufrían. Los únicos que no se habían hecho ver ni
llamado o enviado una postal eran los otros abuelos, los padres de Kira. Tanto
ella como su hermana, Alice, se habían marchado de casa a los dieciséis,
incapaces de soportar por mucho más tiempo a sus padres, sobre todo a la
abuela. Algunos años después habían intentado hacer las paces, pero los abuelos
les habían cerrado la puerta en las narices. Lo que no comprendía Melanie, no
era la cuestión de mis abuelos, que nunca había conocido, pero el de la tía.
Solo había venido a ver a su madre una vez desde que estaba enferma y, encima,
a escondidas. De hecho se habían enterado gracias a la madre, que los informó
al día siguiente. Kira siempre le habla a Melanie de su hermana con respeto y
admiración, pero nunca le había explicado por qué.
-Rashid, por favor, ¿puedes dejarnos un momento a
solas a Melanie y a mí? – le pidió Kira a su marido.
-Kira, ¿estás segura, mi amor?- le respondió él,
dudoso.
Kira le dedicó una larga sonrisa.
-Más que segura.
Rashid asintió y se levantó. Salió por la puerta
murmurando algo sobre que iba a tomar un café.
-Melanie, pequeña mía, ¿podrías prestarme tu
atención un momento, por favor?
No sabía a dónde quería llegar, pero Melanie no
dijo nada y esperó a que siguiera.
-Si en futuro necesitaras ayuda urgente, acude al
bosque. Encontrarás a alguien que podrá ayudarte. Yo no podré hacer nada
entonces.
-no entiendo en que pueda necesitar ayuda, mamá.-
le respondió ella, confusa.
Le miró durante unos segundos y después, mirando
un punto fijo del techo blanco le dijo con calma:
-no te preocupes, amor mío, ya lo entenderás. Eres
lista, llegarás a una conclusión.
-¿no me podrías ayudar, mamá?-le pidió nerviosa y
un poco decepcionada por la respuesta que su madre le había dado.
-no te preocupes. Lo sabrás a su debido tiempo.
Ahora piensa en vivir con tus hermanos y con tu padre. Piensa en vivir feliz.
-vivir sin ti no es vivir feliz…-tartamudeó.
Volvió a mirar su rostro desgastado. Melanie notó como las lágrimas empujaban
para salir. No pudo hacer nada y notó como le mojaban la mejilla.
-Shh. No llores, mi niña.
Le tocó la mejilla mojada con su mano flaca y
débil. Estaba muy fría y se estremeció con el contacto, pero no lo hizo notar.
Buaaaaaaaaaaaaaa, como escribeeeeeees<3!
ResponderEliminarEres genial -le da un abrazo-