¿Qué se creía? ¿Qué podía despertarla por la
mañana como si nada, tirarla al suelo, y encima saltar de alegría? ¡No, no y
no!
Con el pelo rizado, largo hasta los hombros, la
camiseta y con los pantalones que Lance le había prestado, Melanie estaba muy
diferente a esa noche en la que toda su vida había cambiado. El pelo así le
sentaba muy bien, pero bajo sus ojos se veían las consecuencias de noches sin
dormir. En su nuevo escondite, la entrada era un poco difícil de encontrar y tampoco
muy cómoda, pero el interior era muy amplio y se oía todo lo que pasaba fuera,
de manera que podían controlar cualquier ataque. A los lobos se les permitía
entrar solo si estaban muy cansados, si no estaban fuera de guardia. Para la
guardia, Lance había dicho que con los lobos bastaría, pero Melanie había
insistido en que también se quedara uno de los dos y se fueran turnando cada
tres horas.
Martina y
Carlos, en un principio, se pelearon por estar más cerca de la hoguera. El
problema se solucionó cambiando de sitio el fuego y todos se habían preparado
la paja sobre la cual dormir a su alrededor. El humo era un problema, y en los
primeros días a todos le lloraban los ojos. Pero en la cueva, al ser muy espaciosa, el
humo encontraba siempre salidas.
La puerta
de plantas era fantástica en muchos sentidos: les ofrecía un escondite, no dejaba
entrar mucha luz y el frío no pasaba con demasiada rudeza. Cada noche, miles de
luciérnagas empezaban su silenciosa danza que duraba varias horas y dejaba a
todos boquiabiertos. Martina, de voz dulce y tranquila, cantaba para sus
amigos.
Delante de
la cueva, entre las paredes (distantes entre ellas veinte metros), había
también dos robles y practicaban la puntería en el más fino. Martina había
escogido practicar con la espada de Lance y Carlos también. Las armas era otra
cuestión que debían solucionar.
Melanie se puso delante del lobo que la había
despertado y salió disparada en su dirección. Guts hizo lo mismo y los dos se
chocaron; Melanie acabó en el suelo y su amigo encima, chupándole la cara. La
muchacha se levantó y resopló divertida. Se quitó la tierra de los pantalones y
se acercó a la roca sobre la cual había posado el arco. Tomó una flecha y tensó
el arco hasta el punto perfecto. Le encantaba practicar sola (o con Guts), se
sentía más libre de lo que hacía. El lobo la miraba desde el suelo, con ganas
de jugar un rato más. Tenía en hocico muy blanco y los ojos negros como el
carbón. Sus patas eran enormes y sus dientes afilados. Era diferente a sus
hermanos, también cariñosos, pero menos confiados.
Melanie siguió practicando unos cuantos minutos y
fue a recoger las flechas del tronco. Si se concentraba, podía acertarlas casi
todas.
-me encanta verte tan concentrada. ¡Y mis pantalones
te sientan fenomenal!
La muchacha cogió la última flecha antes de
girarse hacia Lance.
-no me gusta que mires mientras practico, ya te lo
he dicho.-le dijo con reproche.
-bueno, tampoco iba a interrumpirte.
-deberías.
-¿Por qué hacerlo?- quiso saber, sorprendido.
A Melanie se le rizó la nariz. En la última
semana, había intentado de todas las maneras posibles evitar a Lance. No porque
le cayera mal, ni por sus ironías. Por una sensación. Porque su presencia la
ponía nerviosa. Porque se perdía en sus ojos verdes, más oscuros que los suyos.
No sabía lo que significaba, pero no quería que pasara. Quería verlo solo como
compañero, siquiera como amigo. Si se iban de caza y él se ofrecía a
acompañarla, ella se negaba. Si le regalaba alguna flor, ella lo agradecía con
un simple movimiento de la cabeza. Justo por eso ella no le diría porque no le
gustaba que la mirara. Mientras lo pensaba, debía de haberse ruborizado, porque
Lance la miraba curioso.
-pues…porque me desconcentras. ¡Me pones de los
nervios!
-como quieras. Ya no te miraré, te lo prometo.
Estuvieron
un momento en silencio, escuchando a los pájaros cantar. Estaba amaneciendo y
el cielo estaba teñido de naranja. Esos momentos, tranquilos y sin la necesidad
de llenar los silencios con palabras, eran los favoritos de Melanie.
-alguien debería ir a cazar. Tú fuiste ayer, para
mí no es problema.
-no. ¡Quiero ir yo! Tú eres demasiado lento.-le
respondió, cortante. Pero Lance no se lo tomó a mal, al revés. Soltó unas
cuantas carcajadas.
-tienes razón. Además, Guts irá más a gusto
contigo.
Dicho esto, volvió a entrar a la cueva. Melanie
cogió arco, flechas, un saco para las presas y una capa. Llamó a Guts, pero
este no se movió.
-vamos Guts, que cuando se despertarán Carlos y
Martina tendrás mucha hambre. Ayer sólo comimos raíces y lo que quedaba de los
conejos…
El lobo siguió en el suelo, con las orejas tiesas.
Sin intención de levantarse y seguir a Melanie.
-como quieras, ¡yo me voy!
Tres conejos, una codorniz y cinco ardillas.
Mientras esperaba en silencio la siguiente presa, Melanie intentaba ordenar su
cabeza. Lo que sentía por Lance, lo buena que era su hermana con la espada y su
hermano con los cuchillos. Llevaba bastante sin ver a su tía. Pero habían
quedado en no contarle el escondite por si la cogían. Melanie sabía que su tía
no los traicionaría nunca, pero bajo tortura hasta el corazón más fuerte puede
ceder. Después pensó en su madre. ¿Qué pensaría ella, si los viese a ella y a
sus hermanos como fugitivos? ¿Por cómo le había tratado a su padre? Su padre…
le había ocurrido pensar en él alguna vez, pero siempre lo apartaba de su
mente. ¿Qué sería de él? En ese momento, escuchó un grito. No era humano, sino
animal. No le preocupó, aunque algo le dijo que algo no iba bien. Dejó escapar
la flecha, que se clavó en el cuarto conejo. Corrió a cortarle la cabeza, para
que no sufriera. Decidió que así bastaría al menos para lo que quedara de día.
De vuelta, Carlos estaba ayudando a Lance a afilar
los cuchillos. Martina estaba preparando una pasta de raíces de katniss, una
planta que habían encontrado cerca del lago. Al verla llegar con el saco lleno,
se lanzaron encima de ella y empezaron a despellejar a los conejos, desplumar
la codorniz y preparar para el desayuno. ¡Qué hambre tenían!
-bueno, ahora que tenemos un refugio…¿Cuál es el
plan?
Melanie y Lance se miraron. No había pensado
demasiado en un plan, pero estaba claro que no podrían vivir el resto de su
vida allí.
-pues yo ya había pensado en algo-dijo finalmente
Lance. Le miraron esperando que les explicara lo que había pensado.
-en el pueblo tengo a un amigo del cual me fio más
que de nadie. Le podría escribir. Tiene muchos contactos, ya que trabaja en el
mercado negro.
-jajajaja… tú, un chico de familia rica, ¿que se
relaciona con un hombre del mercado negro?-estalló Melanie. Lance también
sonrió.
-tienes que saber que yo no era justamente un
angelito. Vendí la cubertería de plata de mi padre, cuando murió.
Melanie lo miró a los ojos, atraída por su luz
pícara. Y volvió a perderse en ellos. Sabía que tenía que apartar la mirada,
pero no lo conseguía. Martina la ayudó, cambiando de tema.
-Melanie, ¿has visto a Guts?
-estaba conmigo a la mañana…-se le cortó la voz.
No. No podía ser. Se equivocaba.
-después de que tú te fueras, él también se fue.
Melanie no escuchaba ya lo que decían. Esperaba
con toda su alma equivocarse. Corrió a coger su arco con las flechas. Sin decir
nada a nadie, se dirigió hacia donde había oído el grito. No sabía si la
seguían. No le importaba. Sólo corría, desesperada. Corrió, tropezó y volvió a
levantarse. Cuando llegó, un hombre armado la esperaba. La pilló desprevenida y
la patada que le dio le cortó la respiración. Tuvo el tiempo de reaccionar a
tiempo, de sacar la flecha y clavársela en el pecho. Cayó muerto. Al verlo, se
mareó y tuvo que pararse para vomitar. Acababa de matar a un hombre. Era
diferente a una presa… se apoyó a un tronco y pudo ver, detrás de aquel hombre,
lo que temía. Se acercó al cuerpo, mojado de sangre. Las lágrimas le ofuscaron
la vista. Ese era un claro mensaje de Martin, que la advertía que todo eso no
era un juego. Mientras empezaba a ver como todo giraba alrededor de ella, vio a
Lance matar a otro hombre. Después, volvió a mirar al cuerpo ensangrentado:
Guts.
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