Alice se puso la peluca (que había comprado a un
tipo siniestro en el mercado, a cambio de una gallina y cinco monedas de plata)
justo a tiempo, mientras que los lobos se alejaban deprisa antes que llegaran
las visitas. Vestida de esa manera parecía otra persona: la peluca le hacía más
vieja, los polvos que se echaba más pálida y las ropas que llevaba, más gorda.
Desde que Melanie se había ido con toda la tropa a buscar un refugio, no había
recibido visita, pero por lo visto alguien curioseaba por ahí en esos momentos.
Antes de que pudieran picar a la puerta, Alice salió fuera. Claro, no esperaba
encontrarse a Carlos o a Martina, pero verse a cinco soldados a caballo tampoco
era muy prevenible. Alice se fijó en el único que no llevaba casco. Era
rubio-castaño, de unos veinte y pico y los ojos le delataban un mal sueño. Era ancho
de hombros, musculoso. Todos iban armados de espada. Se inclinó, como se decía debían
hacer todos ante los caballeros de corte.
-¿Qué desean?
-Buscamos a una muchachita. Habrá oído hablar de
ella.-y con sarcasmo añadió-seguramente hasta sabe cómo se llama.
-¡no, no lo sé señor! ¡Dígamelo!
-no se haga la tonta, señora. Todos los saben.
¡Hágame el favor de hacer salir a su hombre!
-no hay ningún hombre conmigo, señor.
Martin pareció extrañarse. Pero con los ojos rojos
por la bebida y por el sueño no se entendía si era de verdad.
-¿y usted no teme a todos los peligros que pueden
sucederle sin un hombre a su lado?
“con cuatro lobos a tu lado, no creo que haya
muchos peligros que un hombre podría solucionar mejor”.
-los temo, señor. Pero ningún hombre se quiso
casar conmigo, señor.
Alzó los ojos al cielo. ¿Qué le importaba a él de
la historia de una vieja reprimida que no había tenido suerte en el amor?
Bueno, en eso se parecía a él.
-No tengo tiempo que perder. Busco a una joven
desagradecida que se dedica a escaparse de los hombres que se ofrecen a
mantenerla. Así que, si tienes la respuesta, dámela. ¿Ha visto a esa joven?
-¡no sé de qué joven me habla!
-me estás poniendo de los nervios. Te lo voy a
decir una sola vez, la joven se llama Melanie. Es guapa, de pelo oscuro y con
rizos. Se escapó hace tres meses aquí, al bosque. ¿La has visto?
-¡no, señor! No he visto a ninguna chica guapa ni
joven pasar por aquí.
Martin asintió con la cabeza y sin saludar ni
llamar a sus soldados se dirigió a la otra parte del bosque. Alice esperó que
Melanie y sus otros sobrinos tuvieran un buen escondite.
También Martin estaba pensando en el encuentro con
esa vieja. No le había ayudado en nada y sabía que le escondía algo. “A Rufus,
ese imbécil que quiere incendiar cosas, le consentiré que queme esta cabaña
cuando se muera. O antes”
En el pueblo
Todos hablaban de Melanie y lo hacían para
burlarse de Martin. Muchos opinaban que el carácter de Melanie era totalmente
incorrecto, pero algunas mujeres la admiraban. Las calles, estrechas, se
llenaban de murmullos cuando el joven desafortunado pasaba delante y lo
llamaban el Caballero Solitario. La plaza central, la plaza Luna, era ovalada y
el suelo era de piedra, donde cada sábado se exhibían los juglares, actores,
tragafuegos, cantantes y animales del circo. Al rey le gustaba entretenerse con
ellos, pero a su hijo mayor no. Los despreciaba, los llamaba imbéciles y nunca
se detenía a mirarlos por más largo de diez minutos. El rey, un hombre serio y
que amaba la caza, era aún así amable. Pero su hijo no. Como a su difunta
madre, le gustaba ver las torturas a los prisioneros, las partidas de caza y
las peleas de perros, gallos, toros… la tortura que más le gustaba era también
una que le resultaba muy dolorosa: las uñas, que él tenía muy sucias
constantemente a pesar de todos los tratamientos, le gustaba torturar
quitándoselas a sus prisioneros. También adoraba romper huesos, dibujar en la
piel con fuego o con cuchillos o cortar algún dedo. Su madre también había sido
así y cuando murió - él tenía tan solo seis años - ya le había hecho estar en
presencia de una descuartización y dos ahorcamientos.
Su padre había ofrecido ayuda al Caballero
Solitario, más bien a Martin, pero solo por piedad, ya que era amigo de su
padre. Pero él, Anthony, no le habría ayudado. ¿Por qué? Solo por esa
chiquilla, Melanie. Él le habría escupido en la cara. Con sus dieciocho años,
Anthony creía poder hacer más que ser solo el príncipe…le habría gustado ser…
¿Qué? ¿Rey? sí, igual le habría gustado ser el rey.
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